martes, 30 de agosto de 2016

Iris Murdoch, El libro y la hermandad




Traducción de Jon Bilbao
Postfacio de Rodrigo Fresán

Editorial Impedimenta, 2016


    Cuando la vuelva al trabajo, tras el descanso estival, y los compañeros citen los lugares a los que han ido de vacaciones, yo lo tengo claro, he estado veraneando dentro de una novela. Una vez más, y son ya muchas, me he instalado por unos días a vivir dentro de una novela de Iris Murdoch. Y he aprendido algo más sobre la fragilidad de las relaciones humanas. He estado en un baile conmemorativo de Oxford, donde un grupo de antiguos alumnos se encuentran y cuyas vidas se van a entrelazar hasta la última página, la 639. He visitado las casas de los personajes, en Londres, en Irlanda; he asistido a sus veladas literarias, a sus debates políticos, he sido testigo mudo de sus encuentros amorosos, de sus confesiones, de sus anhelos o, simplemente, de sus conversaciones, sus diálogos. No se trata de otra recalcitrante novela del “yo”; Iris Murdoch escribe sobre el “ellos”, orquesta novelas corales, con polifonía de voces, con una amplia lista de personajes: David, Gerard, Rose, Jenkins, Tamar, Violet, Duncan, Jane, Lily, Gull, Conrad, Pat, Guideon..., el profesor Levsquit, ....

      Y como lectora, me ha llevado de la mano una voz narrativa conocida, externa, omnisciente y sabia, que organiza todo el devenir de la acción, que nos sitúa en primera fila a contemplar un desfile de personajes que hablan, aman, se afligen, lloran, se emocionan, piensan... pero sobre todo conversan. Iris Murdoch es la maestra del diálogo, es una creadora mágica de conversaciones como motor de la caracterización de identidades que se ponen en movimiento; es ahí donde los personajes dejan de serlo, cobran vida y respiran. La escritora es maestra en dotar de vida a sus criaturas. Aquí, casi todos giran alrededor del enigmático David Crimond, el líder ideológico, autor del libro famoso, financiado por un grupo de estos amigos. La novela sitúa al lector ante un gran catálogo de emociones, desde la amistad y el amor a la decepción y los celos. Pero todo el recorrrido está regido por el inexorable paso del tiempo y la pérdida de la inocencia, cuando las certezas (también político-ideológicas, como afirma Rodrigo Fresán, “dejan de sonar tan ciertas”. Asistimos atónitos, como en nuestra propia existencia, al paso del entusiasmo a la melancolía.

       Confieso aquí una admiración sincera hacia Iris Murdoch, me acuso pues de una total falta de objetividad en la tarea de “comentar” esta novela editada magistralmente por Impedimenta. Además, el excelente postfacio de Rodrigo Fresán (otro irisiano más a añadir a la lista junto con Álvaro Pombo, Andreu Jaume e Ignacio Echevarría), ya desglosa los rasgos principales de esta lectura. ¿Para qué insistir? ¿Para qué añadir más elogios y volver a reivindicar sus obras? No sé qué sentido tiene repetir que las novelas de IM son invitaciones a pensar, y lo son en el sentido shakesperiano de intento de averiguación sobre la condición humana, sobre quiénes somos y qué sentimos; y este es un acto de gran responsabilidad.

      Confieso que me sentí como el sufrido personaje de Tamar Hernshaw en la página 15: “Tamar estaba lista para enamorarse.” Así me siento siempre ante una novela de IM. Y entonces la voz del narrador externo se materializa y afirma que se puede planificar el enamoramiento y lo define como la anticipación excitada del inequívoco gesto compartido, postergado para hacerlo perfecto, en que las miradas y las manos se encuentran y las palabras dejan de ser útiles.

Pues eso.