sábado, 30 de julio de 2016

El bandido. Robert Walser

Traducción de Juan de Sola Llovet
Ediciones Siruela
2ª edición 2010


El bandido es una de esas novelas extraordinarias que un día se asoman a tus ojos de lector y de pronto parecen devorarte, luego te invitan a desovillar la madeja, para quedar finalmente atrapado en sus redes.

El borrador de la historia del bandido fue hallado entre los microgramas de Robert Walser (1878-1956). Se trata de series de escritos abigarrados, trazados a lápiz y en letra casi microscópica. El manuscrito aparece en un conjunto homogéneo, sin título, de 35 párrafos contenidos en 24 hojas que más tarde fueron transcritas, revisadas y datadas hacia1925. 

A este procedimiento de escritura, el propio Walser lo denominaba el sistema del lápiz, a la manera paciente y lenta de los copistas de oficina. Tal vez concibe estos escritos como un ejercicio literario, como un experimento, que le permita esconderse, desaparecer, hacerse muy muy pequeño, casi invisible, (hacerse más pequeño que un dedal). Y desaparecer en un discurso infinito, en cientos de líneas abigarradas donde difuminarse. Tal vez llegar a ser nadie como el joven Jakob von Gunten aprende en el Instituto Benjamenta.

La trama de El bandido narra las relaciones amorosas entre un joven idealista, sin nombre y quizá sin identidad, enamorado de una camarera, Edith, y todo lo que lleva a cabo para intentar atraerla; aunque también se debate entre otras mujeres. Pero lo verdaderamente excepcional y original es el modo de narrar. La novela se cuenta a sí misma. Aparece un juego de planos entre el narrador en primera persona y el personaje del bandido, que van acercándose cada vez más, hasta que al fin se confunden y se encuentran en una única voz.

El narrador dialoga constantemente con su criatura, lo aconseja, lo reprende, lo vapulea, también lo defiende...y ante todo no quiere que se le confunda con él..Todo esto lo hace apelando a un nosotros que somos el lector. A las pocas páginas de la novela ya el narrador se incluye en el “nosotros” y deja fuera al bandido. Se dirige a Edith desde el nosotros: “Solo lo defendemos cuando creemos que lo merece”. Otras veces el narrador se presenta como “el guardián” del bandido.
Es un narrador con incontinencia verbal. Las escenas se suceden casi sin solución de continuidad, aparecen digresiones, referencias al contexto social, detalles nimios y acaso impresiones y avances de tramas con promesas de que “volveremos a ello más tarde”. El lector se siente a veces impotente para hilvanar la coherencia de las situaciones que se describen y aquello que se denomina “el sentido de la consecuencia”. A veces se pierde y se deja llevar a gran velocidad por el fluir de conciencia de este narrador impertinente que no cumple su palabra de volver sobre ello. Toda secuencia se diluye.

Nadie descubrirá o sacará nada en claro; si no, se acabaría el placer de la reflexión.

Y al fin, cuando más aturdidos nos hallamos los lectores ante tal avalancha de discurso verbal, entonces caemos en la cuenta de que tal vez el propósito último sea diluirnos, difuminarnos también como lectores, que nos perdamos en los extrarradios, en los rodeos, en los meandros, en...y en ellos todas las imposturas de la sociedad de su tiempo y lo establecido para las novelas al uso. 

    ¿Acaso escribir no consiste sobre todo en rondar o vagar en torno a lo esencial, como si merodear alrededor de una especie de papilla caliente fuera algo magnífico?
    Al escribir uno siempre posterga algo importante, algo que quiere destacar a toda costa, mientras habla o escribe sin cesar de algo distinto que es completamente secundario.” (La papilla caliente, 1926-1927).

    La portada de la edición de Siruela reproduce la acuarela pintada por su hermano Karl, que muestra a Robert Walser, con 14 años, disfrazado de bandido. Y es que sentía desde pequeño gran atracción por la obra Los bandidos, de Schiller, en la que el protagonista, tentado por algunos compañeros, acepta dirigir un grupo de bandidos cuyo propósito es combatir y vengar injusticias, infamias y tiranías.
    Pero, ¿cómo es el bandido? ¿Qué clase de persona es? No tiene ni siquiera nombre, no tiene apenas tampoco identidad, y es que hay una renuncia en los personajes de Walser a ser de alguna manera, a tener personalidad. Leamos algunas referencias:
    Es de esa clase de personas que son verdaderos titanes en el arte de aplazar, que hallan placer en privarse de un placer. (…) Su conciencia es ligera, pequeña, apenas si la nota. Es ramificada, flexible y plegable, no le ocasiona molestia alguna. (...) El bandido era la bondad en persona. (…) Le llamaban sinvergüenza porque aún no había escrito su tan esperada novela.
    En la consulta del doctor se confiesa de lo que le pasa, que a veces se siente muchacha. Las ensoñaciones del bandido le permiten viajar a otras identidades. Lo degradan al rango de doncella. No sabe si es o no una muchacha. Se describe a sí mismo como un hombre muy honrado, trabajador, capaz: Creo que vive en mí una suerte de niño o de chiquillo. Puede que tenga el corazón demasiado alegre. Soy la resignación en persona. Soy dueño de un enorme capital de fuerza amatoria.
    Quien vive en paz interior, quien está completo, quien se ha reconciliado consigo mismo y con su existencia, quien da una impresión de equilibrio: he ahí quien merece el amor.