martes, 25 de abril de 2017

Juan Benet y Rafael Sánchez Ferlosio


El gran estilo en Juan Benet y 


Rafael Sánchez Ferlosio


Renovación en la prosa española




Juan Benet y Sánchez Ferlosio renovaron la prosa española, vaciándola de retórica, de lírica y de costumbrismo, y explorando las posibilidades de la sintaxis con una radicalidad que no ha vuelto a conocerse. Benet, con su impresionante ciclo novelístico ubicado en el territorio ficticio de Región, y Sánchez Ferlosio, sobre todo en el ensayo y su contribución al realismo social de posguerra, crearon una obra imbatible y extraordinariamente estimulante.

Ignacio Echevarría, editor y crítico, ha publicado las antologías ensayísticas de Juan Benet
 y Rafael Sánchez Ferlosio. 
Actualmente escribe en Revista de Libros y El Cultural.


    Juan Benet y Rafael Sánchez Ferlosio fueron amigos y hoy son dos casos extraños, casi marginales en el marco de la generación de medio siglo. El ponente se pregunta si entre los que estamos en la sala habrá alguien que haya leído a alguno de los dos, o a ambos. Y es que llevan la etiqueta de “autores difíciles”, aunque a veces se crea una falsa equivalencia entre complejidad y oscuridad; así como entre claridad y simplicidad. Ambos autores son complejos, pero no oscuros. Y ambos enfrentan la complejidad de distinto modo. Juan García Hortelano bautizó a los autores del marco generacional de los 50 como “los niños de la guerra”. Lo cierto es que de aquella experiencia, a veces traumática, y otras veces no tanto, queda la experiencia de la ruina. Este es el gran tema medular de toda la narrativa de Juan Benet. Son escritores que se propusieron reconstruir la realidad, una realidad en ruinas. Apunta Benet que la literatura, como otra disciplina artística, maneja una segunda realidad, maneja un sistema de representaciones que no depende de la realidad común. Benet fue uno de los enemigos del realismo. No entendió que para muchos, esa realidad primera había quedado totalmente aniquilada; y, por lo tanto, había que reinventarla. La retórica de la guerra venía cargada de grandilocuencia, soflamas, inflamación que intentaba ocultar los efectos del sistema.

Rafael Sánchez Ferlosio (1927). Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) fue su primera novela. Es un libro de iniciación, centrado en su infancia. Tras el éxito rotundo de El Jarama (1956), novela emblema de su generación, se retiró para dedicarse a estudiar el lenguaje. El mérito principal de El Jarama fue la rigurosa representación del habla de los personajes, que por ceñirse tan fielmente a los usos coloquiales de aquel tiempo, resulta extemporánea. Se trató de un experimento para rebajar el lenguaje de toda intención que fuera más allá de la comunicación.
Un fenómeno muy característico de la generación de los 50 fue la preocupación por el lenguaje. Sánchez Ferlosio se centró en el estudio de la hipotaxis (subordinación de elementos oracionales y frases poliarticuladas), como capacidad extraordinaria de la lengua castellana. Esta generación se sintió atraída por la lingüística, porque detectaron que el error estaba allí, en el lenguaje.

El riesgo del anacoluto y el de quedarte sin respiración. Yo ahora digo que la frase tiene que ser respiratoria, tiene que poderla decir uno bien con comas y puntos y comas con el mismo aliento, sin tener que renovar el aire y sin tener que decir “venía diciendo”. Eso es un desastre, el fracaso de la hipotaxis. Con la hipotaxis me he pasado mucho. Se coge el vicio y es un preciosismo.” 
Entrevista a El país, en abril de 2015.

Sánchez Ferlosio se dedicó después al ensayo y la crítica sacrificando su vocación como novelista. La confianza en la palabra es el tema central de Ferlosio, le lleva a pensar que se puede conquistar la razón a través de ella.
En 1986 se publica El testimonio de Yarfoz. Ya no es el habla sino la lengua lo que le interesa cuando escribe, en un estilo grave e intemporal.

Juan Benet (1927-1993) Fueron amigos y cómplices de tertulias. A Benet, una novela como El Jarama le horrorizó. Su gran preocupación no fue la lingüística, sino el estilo. Y su máximo modelo, W. Faulkner. Hace una lectura severa de la tradición literaria española y discrepa del camino seguido por sus contemporáneos, a los que reprochaba su perseverancia en el costumbrismo. Su concepto de literatura era la precisión para significar aquello que la ciencia no puede alcanzar, aquello que el foco de la ciencia no ilumina y se adentra, por lo tanto, en zonas de penumbra. Y es que “penumbra” e “incertidumbre” son palabras clave en la teoría literaria de Juan Benet. El empleo de la literatura para adentrarse en aquello que escapa a nuestra comprensión. La novela es una investigación que yace detrás de la realidad, la atraviesa sin quedarse en ella. Su idea de estilo queda expresada en su ensayo La inspiración y el estilo (1966), que es todo un programa literario en el que impugna los derroteros de la tradición literaria española de los últimos cuatro siglos y reclama la recuperación del Grand Style, o estilo noble. Con Volverás a Región (1967) quiso satisfacer sus propias exigencias.Región es el nombre de una comarca imaginaria donde transcurre la mayor parte de su obra narrativa. Benet explora el destino ruinoso que acecha a todo lo humano. Pero la obra más completa, según su propio autor, es Saúl ante Samuel (1980). La guerra civil en Región sirve de fondo a esta historia que le llevó siete años de trabajo. Aparece la rivalidad entre dos hermanos y hallamos ecos de resonancias bíblicas. Su finalidad fue ofrecer “exclusivamente sustancia literaria”. 




domingo, 23 de abril de 2017

Jean Echenoz, Al piano

Jean Echenoz
Al piano (2004)

Novelas del siglo XXI
CCCB



Mar García, profesora de literatura francesa en la Universidad Autónoma de Barcelona, nos presenta Al piano, de Jean Echenoz (Orange, 1947), uno de los autores de referencia de la actual narrativa francesa. Se pregunta si estamos ante un escritor posmoderno, y apunta que es un autor de prestigio al que no le gustan las etiquetas. Forma parte de la generación de los 80, que ha superado ya la etapa de la anti-novela, aunque bordea y casi traspasa las reglas establecidas de la verosimilitud novelesca. Es una escritura lúdica, pesimista, hipertextual, pero que avisa de que no es verdad, porque la verdad no existe. Es el autor de la inquietud, una suerte de pesadumbre. El infierno es para él la inquietud que provoca pensar que no se puede acceder al otro. Los personajes están separados por un cristal simbólico.
Jean Echenoz nos ofrece en Al piano una historia magistralmente narrada en tres partes. Renuncia a la estructura lineal, al relato de causa-consecuencia; pero no renuncia a explicar una historia. Introduce elementos ajenos a la intriga. Deforma todos los componentes de la novela, pero ahí están. Hace cómplice al lector cuando el narrador confiesa ya en la primera página que el protagonista:
Morirá violentamente dentro de veintidós días pero, como no lo sabe, el miedo no le viene de ahí.”
No es tan importante esta anticipación de la trama como el descripción de la escena de su muerte unas páginas más adelante. Tras asistir a un acto benéfico, de vuelta a casa, Max es apuñalado hasta la muerte por unos ladrones en plena calle. La escena es delirante, llena de humor y detalles intrascendentes, pero muy técnicos, que sí se corresponden con el talante del protagonista, como la decisión de no poner resistencia y sentir el estilete cortarle la médula espinal. Habla de “resignación casi confortable”. Utiliza un humor ácido, discreto, y se da una inadecuación intencionada del léxico con la situación. No hay testigos excepto el perro de su vecina que observa la escena desde la planta cuarta del número 55.
Y es que Max Delmarc, célebre pianista que siente pánico a actuar en público, al comienzo de la narración sale de su casa de París dispuesto a enfrentarse a un concierto. Experimenta la ansiedad previa y la tentación de beber. Estos ataques han ido aumentando con el tiempo, a lo largo de su vida, a medida que se ha ido presentando ante el público. El pianista protagonista seduce a través de la música, pero no a través de su persona. Aparece la metáfora del piano como una fiera a la que doma:

Allí estaba, el terrible Steinway, con su amplio teclado blanco dispuesto a devorarte, esa monstruosa dentadura, que va a triturarte con su marfil y su esmalte, te espera para despedazarte.”

Jean Echenoz utiliza un narrador cómplice del lector para contar esta historia. Se trata de un narrador autoconsciente, que disfruta contemplándose mover los hilos de su propio relato (Javier Aparicio Maydeu). Eso le permite establecer a la vez una distancia entre crítica e irónica. Insiste en que no habrá más indicios.
A ustedes en cambio los conozco y sé perfectamente lo que piensan”, 
apunta en la presentación de su compañera de casa, Alice, de la que pensamos que es su pareja hasta que descubrimos que se trata de su hermana. 
“No hay ninguna (mujer) más, hacían ustedes mal en preocuparse, prosigamos.”
Siempre está presente el recuerdo de Rose, su amor perdido, una compañera del conservatorio en la que todavía piensa treinta años después. Rose es un recuerdo y un ejercicio, casi un ritual. Sueña con ella como compensación de la pobreza afectiva en su vida adulta.

Podemos hallar piezas sueltas del mito de Orfeo. Hay tres componentes del relato relacionados con Orfeo: la música, un amor perdido y el infierno. Max es un Orfeo muy particular, más burlesco que heroico, más digno de lástima que de admiración. Tiene una alta aptitud técnica pero es un inepto en todo lo demás.

martes, 18 de abril de 2017

Philip Roth, Némesis



Novelas del siglo XXI
CCCB

Némesis (2010)


Philip Roth es uno de los escritores más leídos e influyentes de los últimos tiempos. Es capaz de concretar todo el ambiente moral de una sociedad a partir de una anécdota. Buen ejemplo de ello es la trilogía Pastoral americana, La mancha humana y Me casé con un comunista. Son un retrato de la sociedad americana. La voz que narra es el personaje Nathan Zuckerman, escritor judío alter ego de Roth, que es testigo de las historias y cuenta lo que ve.

Las Némesis es un volumen que reúne las cuatro últimas novelas de Philip Roth: Elegía (2006), Indignación (2008), La humillación (2009) y Némesis (2010). Conforman la despedida del escritor. Había anunciado que dejaría de escribir y lo ha cumplido. Advierte desde el principio Andreu Jaume que son clave para entender nuestro propio tiempo. Son novelas del siglo XXI sobre el miedo y la muerte, pero también sobre los grandes asuntos de Roth, como el deseo, el sexo. Es un maestro en la descripción de la brutalidad, así como de la fragilidad, en la esfera de la intimidad y la de lo público.
Némesis es la diosa de la venganza en la tragedia griega, es el castigo impuesto por los dioses al desafío de los hombres. J. M. Coetzee, en sus ensayos Las manos de los maestros, apunta que 
“El mismo título, Némesis, enmarca la apelación a la justicia cósmica (...) y la trama hace uso de la misma ironía dramática que el Edipo, rey, de Sófocles: un líder de la lucha contra la plaga resulta ser sin saberlo portador de la misma plaga.”

El tema de Némesis es la epidemia de polio que asoló Estados Unidos durante el verano de 1941, en el barrio judío de Newark. La novela nos presenta a Bucky Cantor, de 23 años, un chico judío de extracción humilde, que se encarga de vigilar y entretener a los niños del barrio en un centro deportivo, durante la epidemia de polio de 1944. Algunos de estos niños caen enfermos y Bucky, presionado por su prometida Marcia, deja Newark para irse a cuidar de otros niños distintos en un campamento en los montes Poconos; pero la polio lo sigue hasta allí, enfermando a varios niños y atacando, finalmente, al propio Bucky. 
Apunta Coetzee que “es una novela hábilmente construida, llena de intriga y con un giro astuto al final. El giro es que Bucky Cantor también es portador del virus de la polio (...) Después de su tratamiento sale del hospital convertido en un lisiado. Marcia todavía quiere casarse con él pero él se niega y elige la soledad y la amargura.”

Némesis es una reflexión sobre el sentido de lo trágico: la plaga invisible que se lleva  principalmente niños; el personaje principal atormentado por la desgracia y por la culpa; la imposibilidad de encontrar refugio contra el mal…
En su última entrevista pública, Philip Roth afirma que en esta novela “quería escribir acerca de lo que supone morir.”



lunes, 17 de abril de 2017

J. Gil de Biedma y Gabriel Ferrater

La confabulación poética de 


Jaime Gil de Biedma y Gabriel Ferrater


Aires renovadores en la poesía

Además de amigos y rivales, Jaime Gil de Biedma y Gabriel Ferrater fueron dos extraordinarios poetas y críticos que, entre 1955 y 1968, uno en castellano y el otro en catalán, se propusieron renovar la poesía de su tiempo incorporando formas de la literatura anglosajona. El resultado fue una obra que ha ejercido una profunda influencia tanto en la literatura española como en la catalana.

Andreu Jaume es editor y crítico.
Ha editado la obra de Henry James, T. S. Eliot y W. Auden, así como los diarios y la correspondencia de Jaime Gil de Biedma. Publica en El País, Letras Libres y La Vanguardia.


Gabriel Ferrater (1922-1972) fue un escritor de una talla inmensa, de una gran erudición, con quien la crítica literaria está en deuda, a falta de una edición digna de su corpus poético. Su amistad con Jaime Gil de Biedma (1929-1990) data desde 1955, dentro del denominado grupo de Barcelona, cuando Carlos Barral los presentó. Ferrater era todavía estudiante de matemáticas y crítico de pintura. Su amistad fue intensa entre 1955 y 1965, etapa en la que ambos construyen su obra de madurez. Ferrater ayudó a Gil de Biedma a adentrarse en la alta cultura. Fueron poetas educados en el Simbolismo y la generación noucentista, pero ambos se dieron cuenta de que era un lenguaje estéril para hablar de los problemas que el mundo ofrecía entonces.
Los dos parten del mismo presupuesto teórico. Primero se interrogan acerca del estado en que se encontraba la lengua. Gil de Biedma escribía en castellano y Gabriel Ferrater en catalán. Ambas lenguas tenían un exceso de poesía, cierta saturación de lírica. La prosa, en cambio, es un instrumento de comunicación antes que una materia artística. Es un bien común que sirve para precisar y comunicar.
En segundo lugar, les hermana también la indagación de la intimidad. Pasaron a abordar el problema de la formulación de las emociones. Los dos ámbitos en los que se mueve la obra de Gil de Biedma son el político-social y el de la intimidad. Somete a una revisión muy severa toda la tradición en la que se había formado: la tradición medieval y la tradición anglosajona. Ambos poetas veían una especie de anquilosamiento en la expresión de la intimidad que va de lo brutal a lo cursi. Gil de Biedma empieza a escribir su diario para encontrar un lenguaje para la intimidad y para las gradaciones morales de la experiencia.

“La verdad es que los españoles no ofrecemos demasiado interés en lo que se refiere a “matización psicológica”, e inevitablemente tampoco lo ofrece nuestra poesía. Asombra comprobar de qué pocas cosas está hecho por dentro un español: somos muñecos de resorte, y así resulta de aburrido nuestro trato y de extremosa y de simple nuestra literatura.”

En la primera parte del Retrato de un artista, cuenta su resignada decisión de convertirse en un ejecutivo y dejar atrás los sueños de convertirse en diplomático (que hubiera sido una manera de huir del régimen dictatorial). En la facultad de Derecho conoce a Barral, Ferrán, Costafreda o J. M. Castellet y empieza a formarse como aprendiz de poeta. De 1957 es su primer poemario. Luis Cernuda le mostró la puerta de salida de la asfixia simbolista. Su voz poética es siempre una voz imaginada. Sus poemas crean una especie de emoción ilusoria.
También se le ha adscrito a la llamada “poesía social”, quizá porque intenta poetizar sobre lo cotidiano, pero lo hace con un tono cínico, desde una postura más escéptica. Los poemas ganan en plasticidad y modernidad bajo la influencia de Baudelaire. En el poema “Noche triste de octubre”, de 1959, articula una doble frustración, individual y colectiva, proyectando en las primeras lluvias del otoño la ansiedad por el rigor del largo invierno de la dictadura. El poeta entiende ese año que la dictadura de Franco se consolida con las leyes de estabilización económica y la eclosión turística.
Otro tema es la pérdida de la juventud y el paso del tiempo, en relación con la experiencia amorosa y la intimidad. Apunta Dionisio Cañas que:

El amor, el erotismo, la amistad y la desinteresada bondad son para él formas de derrotar la muerte.”

Su último libro, “Poemas póstumos” presenta una gran complejidad moral. Gil de Biedma se repliega en sí mismo. Se centra en la imposibilidad de asentarse en otra edad, en otra casa. Ha perdido ya la fe y el desengaño le gana. Ejemplos de ello son los poemas “No volveré a ser joven” o  “Contra Jaime Gil de Biedma”.
Gabriel Ferrater empieza a escribir poesía tardíamente, a los 36 años. Fue un gran lector de Shakespeare y un gran erudito. Temas de su obra son el erotismo y la nostalgia por el tiempo perdido. Son la expresión moral de su generación: “el paso difícil de tiempo y las mujeres que han pasado por mí”. Escribió tres libros de poesía y una recopilación de poemas nuevos titulada Les dones i els dies. Son poemas narrativos, de tono prosaico, con un estilo depurado influido por la prosa de Josep Pla. No creía en las posibilidades ilusorias de la poesía social. Una visión desesperanzada de la sociedad le hace ensombrecer sus poemas. Lejos de la sensualidad y el deseo vital de la poesía de Jaime Gil de Biedma, la voz de Gabriel Ferrater transmite alejamiento. El 27 de abril de 1972 se suicidó en su piso poco tiempo antes de cumplir 50 años. Había dicho a sus amigos que así lo haría.



martes, 11 de abril de 2017

David Foster Wallace, El rey pálido

DFW
El rey pálido (2011)
Novelas del siglo XXI
CCCB


Confiesa Sam Abrams, con su tono pausado y melódico, que comentar esta novela le supone un gran reto. Y es que estamos ante la obra póstuma e inacabada de David Foster Wallace. Para Eduardo Lago, El rey pálido “es una parábola escalofriante del capitalismo tardío en la era de la información. Con ecos de Pynchon y Bartleby, Wallace revive desde el futuro el terror vislumbrado por Melville.” Y Abrams no duda ni un segundo en calificarla como una obra de arte.
Pero lo del reto pasa por la necesidad de deshacer los mitos que se han construido alrededor de la figura de David Foster Wallace (1962-2008) y que han ayudado a levantar una verdadera industria editorial sobre su obra y su vida. El primero de los mitos es su propia muerte, con la aureola póstuma que rodea el suicidio del autor, víctima de una depresión crónica. La segunda idea preconcebida sobre DFW es la etiqueta de autor posmoderno que se le atribuye. Es considerado uno de los autores más emblemáticos de esta estética de fin de siglo XX, la posmodernidad. Señala Sam Abrams, muy acertadamente, que es preciso separar todo esto de los textos “para ver claro”.
La obra de D. F. Wallace abarca la narrativa, con títulos como el que nos ocupa o la anterior (también calificada de obra maestra), La broma infinita (1996), o sus colecciones de relatos, microcuentos, o novela breve. Pero además cultivó el ensayo, fruto de su brillante carrera intelectual desde sus tiempos de estudiante de filosofía pura. Su formación aúna una doble tradición: el pensamiento y la literatura. Pensaba que la segunda había tomado el relevo a la Filosofía en la voluntad de mirar y ordenar la vida y la realidad.
Para el escritor, la ficción trata de cómo el ser humano puede llevar una vida digna. Son valores morales. La literatura nos ayuda a estar menos solos por dentro. Es un ejercicio humano que consiste en cómo cada uno de nosotros gestiona toda su vida, y esto va contra la estética posmoderna que entiende la literatura como puro juego.
La broma infinita (1996) habla de la cultura de la distracción, como vorágine que nos aparta de la vida y nos narcotiza. El punto de partida en DFW es siempre la realidad observable. En El rey pálido opta por una mayor contención. Es más serena, menos opaca, más directa. El título hace referencia al mote de uno de los jefes de la oficina de Hacienda. El punto de vista narrativo se sitúa en una especie de doble del mismo autor, que finge escribir unas falsas memorias, una mirada al pasado porque se ha producido una fractura en su vida profesional. Es un autorretrato irónico de un escritor que acaba en esa oficina por falta de talento. Es una sociedad sumida en la monotonía y en el aburrimiento. El neoliberalismo se impone y la tónica es la opacidad. El marco ideal es aquí la oficina de de la hacienda pública, con personajes que se mueven por su interior de entramados. Es una novela llena de meandros para romper la idea de aburrimiento y de tedio. Así, aparecen numerosas historias adyacentes, secuencias independientes (como la del niño que se besa todas las partes del cuerpo), y otras que forman parte de un todo. La novela no acaba nunca, porque Wallace huye siempre de los finales redondos o forzosos que se apartan de la realidad.

        En cuanto al estilo, estamos frente a una novela intencionadamente aburrida. El lector debe experimentar esa sensación por voluntad estética. Es una obra maximalista, compleja, muy detallista, con un desorden estructural intencionado (el prefacio aparece en el capítulo 9), una novela de observación, analítica, emocional, culturalista. La narración se detiene a veces para explicar detalles. Un prodigio formal.


      Se acaba la lección y los asuntos de los que hablamos se nos desbordan por estos límites. El rey pálido habla del efecto de la aceleración de la vida, de la robotización, de la vida frenética, del tedio, el aburrimiento; habla sobre los efectos de la concentración absoluta; sobre la condición humana y la propia, sobre el momento vital de cada minuto y la necesidad de tomar conciencia; trata del dolor humano en su doble versión: el dolor apreciable y el dolor psíquico, individual, profundo e interno...

martes, 4 de abril de 2017

Juan Marsé y el realismo social


Juan Marsé y el realismo social

Narrador, fabulista y testimonio

Desde la publicación en el año 1965 de Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé se convirtió en destacado novelista de su generación. Fue el creador del mito del Pijoaparte y de la Barcelona literaria de posguerra, uno de los espacios imaginativos más perdurables de la literatura española. Marsé es el gran narrador de los derrotados, el fabulista de la memoria estafada, el testimonio de la corrupción moral del franquismo.

Ignacio Echevarría, editor y crítico,
ha publicado las antologías ensayísticas de Juan Benet y Rafael Sánchez Ferlosio.
Actualmente escribe en Revista de Libros y El Cultural.





Parece que de nuevo la literatura española ha regresado al cauce que le es más propio desde la picaresca. Cierto, en estos días se presenta la nueva novela de Ignacio Martínez de Pisón, Derecho natural, autor que se define como un narrador realista. Cabe mencionar aquí a otros autores como Fernando Aramburu, Rafael Chirbes, Almudena Grandes, Javier Cercas, y otros muchos.
Pero “los realismos” practicados en España en los años 50 / 60 tuvieron que pasar por la crítica y la condena de este tipo de literatura. Y es que en contraste con la narrativa hispanoamericana de entonces, el panorama en España era gris, sometida al régimen dictatorial y empobrecida en lo material y en lo cultural. El propio Juan Benet, muy influyente en generaciones posteriores, fue el principal artífice del discurso condenatorio del Realismo español. Hizo una lectura muy severa de la tradición literaria española y recibió con admiración las propuestas de renovación de autores como Carpentier, Rulfo, Vargas Llosa o García Márquez.
A partir de 1975, tras la muerte de Franco, la situación de la narrativa en España hasta los años 90 es de condena general al realismo como práctica ya superada. Es a partir de 1992, cuando empieza a resurgir del olvido y el silencio ese tipo de literatura. Manolo Vázquez Montalbán habla de la necesidad de recuperar a los escritores de los años 50, habla de “recuperar la memoria personal y colectiva”.
Para la mayor parte de los escritores de aquellos años, el realismo era considerado como vanguardia, por cuanto constituyó una opción ética y estética, como refutación del franquismo y del capitalismo. Venía a cuestionar la pantalla retórica del régimen que ocultaba las zonas de miseria, tristeza y depresión. Cela, Laforet y Delibes se asocian a un lento resurgir. En paralelo cabe señalar la influencia del neorrealismo italiano, en cine y literatura; y del realismo norteamericano.
      Es más pertinente hablar de “realismos” en los años 50, ya que hablamos de dos núcleos: Madrid y Barcelona. Y en cada ciudad se dan, a su vez, dos estilos: uno más propio de intelectuales, jóvenes universitarios y cultos (En Madrid: Benet, Aldecoa, Martín Gaite, Sánchez Ferlosio,..y en Barcelona: Goytisolo, Laforet, Castellet, Gil de Biedma,..) y los que provenían de entornos humildes, llamados “los de la berza”, de militancia política (En Madrid: Ferres, Zúñiga, López Salinas, Pacheco,..y en Barcelona, Francisco Candel).
         Juan García Hortelano fue el creador del eufemismo “realismo social”, que pronto se identificó con el realismo socialista, de objetivos políticos. Luego se abrió paso un “realismo crítico”, de denuncia, que retrataba al mundo indolente y sin valores de la burguesía. Y en paralelo prosperó un objetivismo de carácter más formal, con El Jarama (1956) de Rafael Sánchez Ferlosio, que fue un puro experimento lingüístico para la representación rigurosa del habla de la pequeña burguesía de la época.
       Por aquellos años, Carlos Barral viajaba a Madrid a la búsqueda de escritores realistas en la modalidad de literatura comprometida, de origen obrero y humilde. Este episodio lo cuenta él mismo en sus memorias. Fue un momento de encuentro entre las dos ciudades, gracias a la amistad entre García Hortelano y Barral.

JUAN MARSÉ 
(Barcelona, 1933)

Fue el escritor de origen humilde y autodidacta que respondía a la demanda de los editores. Su primera novela, Encadenados con un solo juguete, describe la vida de una pareja adolescente que pasea por los barrios de su infancia en Barcelona. Se aproximaba ya al realismo crítico, aunque para el rigor de los manuales, Marsé es un caso atípico. Es considerado el mejor narrador, en el sentido de contador de historias, del panorama literario español. Domina un mundo imaginario propio al que sabe volver y recrear.

      Cuando publica Últimas tardes con Teresa, en 1966, ya se había producido un punto de inflexión en la evolución narrativa. El paradigma realista había sido trastocado con Tiempo de silencio (1962) de Martín-Santos, que introdujo las técnicas de la novela moderna. Juan Marsé es un ejemplo de cómo los realistas españoles supieron renovarse a lo largo de los años.

     La clave de Marsé es que la realidad que recrea no está retratada con voluntad de denuncia ni de militancia estética, pero la imagen de la ciudad que aparece está pasada por el tamiz del desencanto y de la desilusión. Llega al realismo desde la huída de la realidad que supone el cine y la literatura popular. En los “aventis” hay una fuga a través de la imaginación. Si te dicen que caí (1973) es el centro de gravedad de todo su mundo narrativo. El propio Marsé dijo haberla escrito pensando “en los furiosos muchachos de la posguerra que compartieron conmigo las calles leprosas y los juegos atroces, el miedo, el hambre y el frío”. Pensando, añadía, en “cierto compromiso contraído conmigo mismo, con mi propia niñez y adolescencia, y en nada más”.
     
 Marsé ha sido el paisajista moral de la sociedad de la Barcelona de la burguesía, el creador de un arquetipo literario (el "Pijoaparte"). Ha sabido evolucionar a lo largo de los años, y ha renovado su compromiso, porque una y otra vez vuelve sobre los escenarios, los personajes y los motivos que habitan su obra.



martes, 21 de marzo de 2017

E.L. Doctorow, La gran marcha


Novelas del siglo XXI
CCCB                              
E.L. Doctorow
La gran marcha (2006)



La primera reflexión de D. Sam Abrams, especialista en novela americana, tiene que ver con el tiempo. Y es que hablar de novelas del siglo XXI cuando el siglo no ha alcanzado apenas la mayoría de edad, puede parecer una osadía porque nos falta la perspectiva que eleva una obra literaria a la categoría de clásico.


Edgar Lawrence Doctorow (1931-2015) es un autor cuyo centro es la novela, con una concepción original del género. Pertenece a una generación de escritores renovadores de la narrativa norteamericana. Más discreto que otros miembros de su generación (Roth, Pynchon, Updike,..), a Doctorow le interesa sobre todo el reto de la literatura. Para él, la novela debe ser actual, contemporánea, moderna; sí, pero no rupturista, no debe cortar con la tradición literaria. Su temática es, además, la sociedad americana diseccionada a través de su historia. Escribe La gran marcha entre el año 2000 y el 2005. Su gestación coincide por tanto con un momento convulso de la historia, los atentados del 11-S.
Toda novela histórica, apunta Sam Abrams, debe permitir una lectura contemporánea. Técnicamente, esta explica unos hechos muy concretos de 1864, la campaña del general William T. Sherman para derrotar al ejército confederado, en un avance de más de 60.000 hombres a los que se unían miles de esclavos liberados. Es el ejército como organismo vivo. La guerra nos muestra lo peor de lo que es capaz el ser humano.
No hay en esta historia un solo protagonista, ni el propio Sherman lo es. Estamos frente a una novela coral. La historia ya no se hace sobre una gran celebridad. Doctorow cambia el sentido de la ficción histórica en Estados Unidos. Cada vida que se narra es una micro-historia que se va entretejiendo con otras para lograr una unidad. La columna va avanzando y acumula gente de todo tipo y condición. La guerra cambia la vida de las personas, que deben volver a empezar y adaptarse a una nueva existencia. La guerra destruye a su paso, pero genera nuevas expectativas.

E.L. Doctorow
En cuanto a la técnica y el estilo, la novela carece de un argumento. El estilo es ágil y la prosa muy trabajada. El tiempo narrativo abarca apenas cuatro meses,de mayo a septiembre, por lo que el ritmo es rápido para narrar las situaciones límites. En la textura de la novela domina la naturalidad. El narrador no prejuzga, solo muestra, narra y es el lector quien debe posicionarse.

La gran marcha es un canto a la condición humana, a la superación de la adversidad. La guerra se erige como la monumentalidad del desastre humano, la rabia masificada e inconsciente. Para el general la guerra es el fin y el medio en sí misma; para la joven esclava liberada, Pearl, le supone el drama de qué hacer con la libertad recién conseguida, debe forjarse una nueva vida.